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sábado, 15 de junio de 2019

La autodestrucción del capitalismo neoliberal



No soy experto en el tema ni mucho menos pero de forma un tanto reduccionista aquí voy a tratar de explicar noiones básicas y genertalistas de cómo la mayor parte del mundo se desenvolvió económicamente desde la  guerra fría hasta la actualidad.


El cambio climático solo es una prueba de que el capitalismo entendido como lo que en teoría debería ser: un sistema que debería mantener la economía y un nivel de vida aceptable para las personas en base a la producción masiva de productos necesarios y de una cantidad ingente de productos innecesarios, sostenida por la tendencia al hiperconsumo entre la población, que al mismo tiempo debería reducir el coste, y por lo tanto el precio de lo producido por la mejora constante de los medios de producción, se traduce por sí mismo en una enfermedad planetaria. La adicción de la civilización al hiperconsumo de recursos con una población de humanos al alza y con crecientes expectativas de vida hacen que nuestros efectos sobre el globo alcancen un nivel geológico, alterando, por lo tanto, todos los ecosistemas de la bioesfera terrestre.

No obstante, los problemas reales empiezan quizá antes, dado que ese capitalismo no es el que predomina en el mundo. El sistema económico terrestre en realidad no se basa en los recursos existentes de la Tierra y nuestra capacidad de explotación. Una inmensa parte del dinero del mundo con el que todos pagamos servicios, contratos, impuestos o el que cobramos hasta que una máquina nos quite el puesto de trabajo, proviene básicamente de apuestas en lo que denominamos mercados, que nos son más que las conocidas bolsas mundiales. Y una apuesta es a futuro, es decir, una pura especulación. ¿Y qué es lo que se apuesta?. Pues básicamente productos financieros. Un producto financiero puede ser una empresa, por ejemplo. 

Y como hemos comenzado a hablar de producción y consumo en el capitalismo, vamos a traducir todo esto a una empresa; una empresa puede ir mal, que si alguien, un conjunto de personas o lo que es lo mismo, una entidad bancaria decide apostar por ella, esta empresa irá bien, al menos desde el punto de vista de la liquidación, es decir, de los recursos económicos, hasta que dejen de apostar por ella. Lo que cabría esperar, es que si a esa empresa que le va mal le ocurre esto, esta aprovechara esa ventaja para empezar a realizar cambios para otorgar a los mercados la confianza suficiente como para que la banca siga apostando por ella. Y ahí empieza el juego, con la confianza. La mayor parte de las empresas más relevantes del mundo no se sostienen por la producción y sus ventas per se, sino porque estos parámetros proporcionan la suficiente confianza a los mercados para que bancos o usuarios individuales apuesten por su futuro. Pero la situación de las apuestas se complica en varios niveles:

En primer lugar, la realidad de los mercados es que no se apuesta por productos finacieros solamente, muchas veces, al apostar por una empresa estás apostando pasivamente a que a otras empresas competidoras de esta, que no tienes por qué conocer, les vaya mal. El caso es que al margen de esto, existe la posibilidad de apostar directamente a que a una empresa en concreto o a un conjunto de empresas a un país o a un continente entero les vaya mal.
En segundo lugar, al ser productos financieros, nadie tiene por qué saber en qué empresa se está apostando en cada momento y en la mayoría de los casos solo se apuesta en base al prestigio de los nombres de empresas que se supone que exisen y que hacen cosas. Un ejemplo de esto es ENRON, que aunque tenía todas las etiquetas que hacían pensar que era una empresa, en realidad se supo que no hacía nada más que construir algún cimiento de alguna estructura en la India que abandonaba tras hacer la foto de rigor.

Pero es que además el sistema financiero evolucionó hasta el punto de que los productos financieros se conviertieron en paquetes de distintas apuestas a favor o en contra de valores del mercado de empresas que se supone que existen y hacen cosas. Es decir, la ingeniería financiera evolucionó a que puedan realizarse apuestas sobre a qué va a apostar una u otra entidad.

Con esto ya se puede deducir que existe una desconexión tan grande con la producción de las cosas y con la extracción de recursos que tuvieron que idear un sistema por el cual alguna otra empresa calificara los productos financieros de modo que el que apuesta a un paquete de valores pueda tener la sensación de que conoce la probabilidad de éxito de su apuesta. Pero claro, de por sí esto es ridículo dado que si la economía básicamente ya se basa en apuestas y no en producción y recursos, la seguridad de que el producto financiero al que apuestas sea de buena calidad solo dependerá de si el vendedor de ese producto te ofrece confianza sacada de la más absoluta nada. 

Una forma de ofrecer confianza al comprador es la de decirle que el valor del producto financiero depende de la economía de un país, y claro, como en un país vive gente pues es difícil creer que ese valor se desvanecerá pues querrá decir que toda la población de ese país estaría corriendo riesgo de miseria. Pues bien, el problema en sí mismo es que el país respectivo no está viviendo al margen de este sistema de apuestas por lo que no es imposible que el país alcance la miseria. De hecho, cualquier intervención pública del presidente de la Comisión Europea no tiene otro motivo que no sea el de declarar y enfatizar que el valor del euro es confiable cuando existen otras fuerzas que ivulgan la desconfianza en el mismo. Y es que como ya se puede deducir de lo leído, la economía mundial está básicamente basada en las emociones humanas que motivan a unos u a otros a apostar por valores que son, todos ellos, absolutamente irreales. 

Por lo que finalmente lo que más se teme en la economía no es exactamente que ocurra una hambruna en los alrededores del Sahara, un terremoto con peligro de contaminación radioactiva o la desaparición de los servicios de salud públicos de un país. Lo que más se teme en economía es que cunda el miedo en los inversores. 

Entonces, con la intención inicial de evitar que un contagio global de miedo afecte drásticamente a la economía mundial se diseñaron los programas de inversión, y hablo literalmente de programas informáticos que te realizan una expectativa de evolución de valores basándose en una inmensidad de datos acerca de la evolución de valores pasados y en la extracción de patrones de comportamiento de estos y de comportamientos humanos. Con esto ya es difícil imaginar una artficiosidad en la economía humana mayor que la que vivimos actualmente.


¿Cuáles son las consecuencias de todo esto?

Bueno, ya hemos sido testigos de una de ellas. Hablo de la crisis del 2008, y si habéis leído bien ya sabréis que “crisis” solo fue la palabra elegida para tratar de que la confianza volviese pronto a los consumidores y a los mercados aportándole a todo este incomensurable e interminable problema una falsa connotación de perecederidad.

Y lo que ocurrió ese año fue que la banca americana que había otorgado prestamos en forma de hipotecas a población que no tenía ningún índicio de poder devolverlos, requirió de liquidez. Al pedir un porentaje de devolución de los mismos, se encontró con la realidad de que los clientes no tenían posibilidad de devolverlos. A estos productos financieros en forma de préstamos hipotecarios se les llamó hipotecas subprime y al no existir posibilidad de pago, su valor dejó de existir de inmediato. Esto tuvo consecuencias en todo el mercado dado que este hasta ese momento estaba negociando con dinero que no existía en realidad y era tan inmenso el negocio de las hipotecas en Estados Unidos, era tan inraizado y conectaba a tantas entidades financieras que la ola de agravios cruzó el oceáno hasta llegar a Europa a travé s del paraíso fiscal londinense de la City. Alguien debía pagar esa deuda del negocio fantasma y hubo damnificados en Estados Unidos y en Europa, en concreto, uno de los más damnificados de los países europeos fue España, en dónde la capacidad de negociación con las órdenes provenientes de la banca alemana y el banco central europeo fueron absolutamente nulas. Y no sé yo si la laba en inglés de nuestro queridísimo presidente Marianico y sus dotes diplomáticas tuvieron algo que ver. Porque en realidad, al fin y al cabo, las cosas se resuelven ante una mesa en una conversación. Y Raxoi está más acostumbrado a hincarse ante pedestales y luego hablar por la voz suprema dictaminando los siguientes mandamientos a sus corderitos y a las ovejas negras del rebaño que aún no huyeron del país.

Y es que nos intentaron meter en la cabeza que todos los países estaban pagando el plato roto, y que era un plato universal con causas globales. Pero aunque no se pararon mucho en explicarlo, lo que sucedió es que junto al daño del “tejido” financiero occidental que se había producido vino a España cual efecto dominó una ola imparable de desconfianza financiera. Y la desconfianza financiera promovió la revisión del estado de las deudas, de las deudas de la ciudadanía, claro. No iban a revisar las deudas de entidades que tuvieran en su poder bombas atómicas como Estados Unidos. Antes de nada, se revisa a aquellos que puedes exprimir y que no tengan ningún tipo de poder para evitarlo. Así que se reestructuraron los préstamos y las hipotecas. El negocio de la inmobiliaria iba a dejar de ser lo que era, por lo que los inversores fueron los primeros en retirarse del esperado suicidio de su propio problema endémico que había sido la base económica que sustentaba el eslogan del “España va bien” de Aznar; la burbúja financiera que estaba esperando a estallar y que estalló.   

Sin ser economista, la oleada de desconfianza económica que sufrió especialmente España durante esos años, junto con las consecuencias de darnos cuenta de que no teníamos una base económica sostenible, a mi me sorprende que esta sociedad aún no haya fracasado por completo. Porque las plagas vinieron juntas y aún ni hemos cambiado el sistema económico y seguimos basando nuestra economía en producción de mediana calidad y en turismo de calidad mediocre para un estado de la UE, hemos alcanzado una precariedad laboral de récord en la UE, estamos en periodo de devolución a Europa del dinero europeo que se ha despilfarrado y robado sin pausa durante las legislaturas de Aznar y se está expresando como nunca antes durante la “democracia” española los disentimientos de identidad nacional de siempre, dado que nunca se han tratado con seiredad y tranquilidad, y la evidente parcialidad y la dependencia política hacen dudar de si en este país existe algún código que recuerde a una democracia. 

Pese a que la situación de España ha empeorado notoriamente en una inmensidad de aspectos y no hay ningún atisbo de cambio de rumbo, si es que eso es factible aún, existe una preocupación aún mayor. Y es que el funcionamiento del sistema en el resto del mundo al respecto de la economía no han cambiado en lo más mínimo. Bueno, hay tendencias al proteccionismo que también lleva a otro tipo de suicidio. Pero lo cierto es que lo que denominaron “crisis”, las élites dicen haberla superado. Lo cual es falso dado que más bien se beneficiaron de ella extrayendo ganancias a niveles poco usuales en la historia de la humanidad mientras han creado mayor desigualdad socioeconómica y han convencido al resto de que su precariedad y su miseria serán insalvables y por lo tanto, a ello tendrán que adaptarse ya sin esperanza de mejora. Y los sistemas reguadores del negocio con los productos financieros siguen funcionando con las mimas reglas que antes del 2008, por lo que la calidad de un producto financiero es tan negociable como un producto financiero cualquiera. 

Todo esto implica que sigue habiendo miles de millones de productos financieros tan confiables por el mundo como una hipoteca subrprime del 2008 o como la economía inmobiliaria de España durante ese mismo año.  Hasta tal punto de que si se piensa bien, el valor real de la calidad de la economía financiera mundial se encuentra en números negativos pero se sostiene porque la mayoría de las personas y entidades de la cual depende, ignora esto o actúa como si lo ignorara para mantenerle un valor ficticio que traducido a recursos devueltos equivaldrían a más de cuatro Tieras que, evidentemente, aún no tiene nadie. Pero la población sigue confiando en un sistema económio insostenible, basándose en que con él aún están vivos y porque temen que cuando la confianza desaparezca pueda ocurrir una guerra mundial.

Lo que no se tiene en cuenta es que la siguiente sería la última de todas ellas, por lo que en principio no habría nada que temer. 

O cambiamos un sistema económico con riesgos de destrucción mutua asegurada a corto plazo, o el sistema económico nos asegura una destrucción mutua más agónica. ¿Merece la pena arriesgarse al cambio?     
   

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